Y si al menos supiera que de algo servirá escribirte. Si alguna certeza planeara sobre este cielo de febrero y fuera amena, me dijera que no debo temer y que esto que hago está bien. Pero tal cosa no existe. Aquí sólo estoy yo, peleando conmigo, con el lenguaje y con mi cuerpo, harto de la furia, el frenesí, la desolación.
Esto se repite. Conozco este lugar y me llena de odio. Por previsible, por auténtica, por mantener una forma de ser con las cosas a pesar del tiempo y la experiencia transcurridos. Por qué diablos te escribo de nuevo, buscando respuestas. Por qué otra vez soy quien hurga, pregunta, conjuga. Algo parece ir tornándose claro con el paso de los días. No querés saber de mí y/o no sabrías ni tendrías algo para decir. Ahí sentir un hacha que me rebana, un hacha como el péndulo de Poe, que va y viene sobre mi piel desnuda. Por qué este silencio que ocurre con una crueldad inusitada.
No sé si sos consciente de lo que sucedió. De los alcances de todo esto, de lo que genera, lo que mueve, lo que mata, lo que aniquila. No sé si sos consciente de que no he podido, aún, conectar la imagen de la persona que amo con esa otra, la de un hombre hosco y serio que no es capaz de decir, enunciar, arriesgarse a una palabra.
No voy a olvidar nunca tus gestos, tu forma de amarme. No podré olvidar a Plutón y su luna, ni la carta improvisada con la etiqueta de un café y unas frutillas. Tampoco podré olvidar tus palabras en ese enero en que te develaste entregado a una intensidad que nos hizo volar al infinito y más allá, ni las esquelitas que fuiste regando por ahí, ansioso por ver mi rostro al leerlas. Años después tus ojos se extasiarían en paisajes foráneos, algunos exóticos, y sabrías dedicarme palabras e imágenes o simples recuerdos a los que les pusiste mi nombre. Una planta viajaría miles de kilómetros encerrada en una botellita y unas muñecas rusas esperarían el lugar entre mis libros. Cómo es posible que después del mar, después de las noches azules y negras y violetas, en las que nos regalamos todo, en las que nos diluimos en la inexplicabilidad del cuerpo, cómo es posible pensar, decir, animarse a creer que todo haya podido haber terminado.
Si dijera que entregué todo, si dijera que te mostré mis cicatrices más oscuras, mis lunares más secretos. Si dijera que conozco la textura de cada rincón de tu piel, tu olor entre miles, la forma en que tu voz arma y desarma las palabras, el modo en que tus manos mueven y se mueven en el mundo. Si dijera algo de eso, ¿cambiaría todo esto? No, ciertamente. Es tarde, para todo, para tanto.
No seremos los mismos. Ni siquiera si volviéramos a vernos y amarnos. Todo sería diferente. He llorado con un sabor tan amargo y con tanta desesperación que ya no podría olvidarlo. Seguramente te has preguntado qué cantidad de cosas y has pensado en quién sabe cuántas otras, que tampoco podrías borrarlo. Esta distancia, este dolor, ya nos ha cambiado. Entonces, aún si volvieras, ¿no estaría buscando yo esa imagen del hombre que amé y amo, pero que ya no existe?, ¿no me empeñaría en creer que es posible resucitar a los muertos?, porque alguien en mi ha muerto, esa, tu buba, ha muerto. Y con qué angustia, con qué penar lo he visto y tuve que decirlo. Con qué desgarramiento la dejé sola en el camino, muriéndose de hambre, de sed, de frío. Sola. Desamparada. Aterrorizada. Y allí quedó, inválida, llamándote, dando alaridos. La miré con una pena hondísima, corrí los ojos, continué caminando. Entonces a sabiendas de esas muertes, del desconocerte así como lo hago, qué me hace pensar y sobre todo sentir que si volvieras en este mismo instante, que si te viera frente a mí, no podría contener el deseo de abrazarte, de amarte, de encerrarte entre mis piernas y confesarte algunas verdades, leerte mis poemas, soñar con vos a mi lado.